Comunicaciones y viajes: cuento (Final)

Sin embargo, si bien ninguno de ellos sabía nada del otro, de común acuerdo y más allá de las palabras, él la condujo hasta el auto y se ofreció a llevarla hasta su casa, dada la gran deferencia y solidaridad mostrada, pensó. Ella se dejó conducir hasta el asiento del copiloto y no enunció palabra, ni siquiera cuando este emprendió la marcha. Los esfuerzos de él fueron grandes para hacerle entender sus intenciones, que pensó habían dado frutos, cuando ella gentilmente le señalaba la ruta que el vehículo debía seguir. Mas luego de un rato de andar, él se dio cuenta, en vista que la ruta conducía a las afueras de la ciudad, que no era a su casa donde lo estaba guiando. Al notar esto, y con fuerte reminiscencias del miedo de hacía tan solo un momento, detuvo el motor e intentó, con todas sus ganas, entender que quería o pretendía esa joven mujer.
Su sorpresa fue mayor, cuando al cabo de unos segundos, ella había desabrochado su blusa, y ofrecía su hermoso pecho descubierto, entregándolo gentilmente y con humildad a este desconocido. Sin mediar mayores reflexiones y entusiasmado por la enorme carencia afectiva de estos meses de viajes, aceptó alegremente el generoso ofrecimiento y poco a poco sus labios comenzaron a recorrer el frágil cuerpo de la joven. Comenzaron las caricias, que fluían en ambos sentidos y con oriental parcimonia ella se apasionaba más y más a cada momento. La desnudez de ella asomó como el sol en la mañana, encandilando por su belleza; y él, imitó con cuidado el despojo de su ropa.

En medio de la sorpresa y el goce, que normalmente se incrementa cuando se vive en momentos inesperados, los labios de él se acercaron hasta los de ella, en espera de encontrar esa sublime forma de comunicación, como es el encuentro de los labios de los amantes. Mas la sorpresa no cesaría su marcha, cuando ella tan gentilmente como entregó su cuerpo, negó con determinación el roce de sus labios. Algo raro sintió él, como que de pronto su sueño de conexiones místicas, caía nuevamente hasta la desolación, como era el común en esos días.
Finalmente y sin entender bien nada de nada, se vistieron y emprendieron la ruta de vuelta hasta el mismo punto donde habían iniciado el camino. Único lugar que él imaginó apropiado para finalizar este misterioso encuentro íntimo, pero lejano.
Al día siguiente, y de modo casi calcado, sin la presencia esta vez de los matones callejeros, a eso del atardecer apareció la muchacha, que sin ninguna palabra en cuanto él comenzó a recoger y ordenar sus pertrechos en el automóvil, se sumó a sus esfuerzos, los que una vez concluidos terminaron con ella sentada en el mismo asiento del día anterior. Demás está decir, que la escena de amor se repitió exactamente igual al día anterior, mas esta vez con mucho menos sorpresa y con menos palabras, o intentos de ellas.
De alguna forma inexplicable, se generaron una suerte de rutina diaria durante toda esa semana; pero el día antes que él retomara su camino para cumplir las metas de ventas establecidas, las que necesariamente pasaban por cambiar su ubicación actual de trabajo. Él se esforzó en intentar hacerle entender que mañana ya no estaría en aquella esquina por la tarde y que sus planes eran viajar a Toyama, en la costa norte de Japón, tan pronto como el sol apareciera, a eso de las 5 de la mañana. Esa tarde aún con muchas más palabras que los demás días, su sensación de desolación fue inmensa y la soledad del viaje, tomó un lugar en lo más profundo de su ser.
Nuevamente, siguiendo la rutina de desconocimiento habitual, la mañana siguiente cuando cargaba sus cosas para continuar su camino, con el alba aún a unos minutos de distancia, en la puerta de su hospedaje apareció ella, triste como nunca la había visto; esta vez eso sí le pareció más pequeña y algo más joven de lo que recordaba su memoria de hacía solo unas horas atrás.
Con extrema humildad, lentamente se acercó hasta él, que de súbito detuvo sus maniobras. Y sin mediar palabras, lo ayudó tal como en las otras ocasiones, a ordenar y cargar su vehículo. Una vez cargado el automóvil y mirándose frente a frente, por primera vez el silencio se hizo realmente incómodo, una barrera infranqueable de lejanía y soledad. En la convicción del desconocimiento, él lentamente le ofrece una reverencia y le alarga la mano, en señal de despedida; mas esta vez la mirada de ella rápidamente comienza a nublarse de lágrimas y cuando la mano estirada aguardaba ya por un segundo, su llanto se hizo enorme y de un salto, lo abrazó y caló sus labios profundos en los de él. Un intenso beso selló un camino de comprendidas incomprensiones, y tan misteriosamente como apareció, entre lágrimas, corrió alejándose de él.
