
Como algunos ya saben (los pocos amigos cercanos que frecuento y los asiduos lectores de este raro espacio virtual), hace algo así como cuatro meses me cambié de casa, a una propiamente tal, con antejardín y patio trasero, con entrada de auto y hasta un segundo piso; pero en esos entonces mi precaria situación económica, la cual no ha cambiado aún más que en el plano netamente formal, me llevó (para no decir me obligó, que me suena bastante feo) a intentar complicados fenómenos de convivencia y por ello invité a mi “mejor amigo”, en situación de indigencia temporal, a compartir conmigo este lindo espacio físico que hoy por hoy ya puedo llamar hogar.
Como imaginé o presumí, la convivencia no fue fácil, yo viejo, mañoso, gruñón, histérico, adicto a la limpieza y el orden, dado a la tranquilidad y la vida quitada de bulla, años luz distante de mi yo anterior, real amigo de mi amigo; había mutado demasiado mis rutinas, como para asumir lo contrario, una fácil convivencia cotidiana. En resumen la vida fue un suplicio, y creo que lo fue para ambos, en numerosos episodios de esta historia común.
Desde las costumbres sanitarias, llámese, procedimientos de uso y manejo de elementos higiénicos, las que me hacen un obsesivo del mantener cerradas las puertas de los baños y las tapas de los retretes, de levantar estas tapas y bajarla siempre posteriormente a su uso; las mismas que me obligan a tirar siempre de la manilla de eyección, a limpiar la tina cada vez que finalizo mi aseo personal, a secar el baño una vez acabado su uso, a cerrar la cortina de la ducha, a limpiar de pelos los jabones, a mantener el jabón del lavamanos en el lavamanos y el de la tina en la tina, a colocar papel nuevo cada vez que se acaba el antiguo, a aromatizar el ambiente cada vez que sea necesario, a usar la pasta de dientes desde atrás, y cerrar el pomo una vez usado, a apagar el piloto del gas luego de cada ducha, a cerrar bien las llaves, a colgar la tolla… en fin, acostumbrado ya a todo ello, me fue muy difícil compartir los espacios con mi compadre, mi partner, mi hermano del alma.
No era raro suponerlo, si no fui capaz de soportar a mi pareja, era muy predecible que este intenso ejercicio de tolerancia, no resultara muy de largo plazo.
Finalmente y antes de que la sangre llegara al río, más bien antes de que siquiera brotara desde la piel, decidimos de común acuerdo que el ejercicio llegaba a su fin. Siempre en pos de mantener los nexos filiales más allá de las coyunturas ocurridas en estos meses.
Este fin de semana, luego de una prorroga de 12 días, el susodicho desocupó la habitación y sacó sus pocas pertenencias de la casa que hoy considero mi hogar. Ésta, luego de 4 meses, quedó solo bajo mi tutela. Entiendo que Gabriel es también muy dueño de esta casa, pero sus impactos son bastante más manejables que los de mi compañero y para ser sincero, el mismo dentro de sus limitaciones etáreas, tiene un bastante mejor comportamiento.
Hoy me he llenado de planes, de programas para el ordenamiento del jardín, para la ornamentación general, colores para pinturas; ya tengo el plano de los muebles del escritorio, que también serán de mi diseño y factoría, como los demás muebles de la casa; e incluso me he atrevido a bosquejar algunos diseños para el antejardín, el cual desearía fuera del tipo seco o zen, es decir, ornamentado solo con piedras y arenas.
Sin embargo, y a pocos días, siento el incómodo vacío de la pieza del lado, (que en todo caso espera pronto ser ocupada por mi, dejando la actual para efectos de dojo de meditación y ejercicios); siento el inmenso silencio que provoca al ausencia de ruidos que aún me parecen muy molestos; siento a flor de piel el gran peso de la independencia, que como la libertad… se presentan en mi como un intenso estado de comunión, en el que se entremezclan una gran sensación de paz e inmensa conexión con todo, y una tremenda soledad y responsabilidad ante el mundo.
Ya no tendré a quien responsabilizar por la falta de algún producto en la despensa, seré solo yo el responsable del papel del baño, del riego de las plantas, ya no podré atribuir a terceros daños o problemas con tal o cual artefacto doméstico. Cuando me corten la luz, seré yo el que no pagó la cuenta y cuando se enfermen las mascotas, será necesariamente por actos u omisiones de mi absoluta responsabilidad. Ya no podré prorratear mis culpas, distribuirlas a mi arbitrio entre los participantes del concilio. Todo recae en mis hombros, que a estas alturas del intenso juego de la vida, o Lilhá, están bastante acostumbrados al peso.
Mas hoy enfrentado a la independencia, de frente y sin protecciones, me veo en paz, conectado, responsable y solo.
Hoy como otras veces lo he sentido, siento este enorme peso de la libertad (este fantasma que aparece de tarde en tarde), esta infinita responsabilidad de ser libre, de ser dueño de mi mismo, de mis actos y nuevamente con la cara henchida de asombro, observo este eterno malestar estomacal, esas coquetas y esquivas cosquillas en el vientre, ese vibrar del “hara”, esas que da el amor, esas que aparecen con la incertidumbre ante lo nuevo. Hoy sintiéndome libre aparecen como siempre esas intensas cosquillas estomacales que solo da el Lilhá, esa comezón que aparece solo de concientemente, jugar a vivir en el camino mismo de la vida.